Estudiar en Alemania (Parte 1 – Research)

Hola gitanillos, hoy me decidí a subir un video sin make-up ni producción, disculpen ustedes el look, pero tenía que actualizar el blog para contarles un poco por qué decidí venir aquí a llevar el máster y ayudarles un poco a que tengan idea de algunos requisitos que solicita el gobierno alemán para otorgar el visado.

Son 10 minutos, pueden escucharlo mientras cocinan o se bañan, jajaja, cual podcast. No tiene efectos ni nada, qué va! Ni que fuera Youtuber!

Pues vamos a lo nuestro. Aquí les dejo el primer video:

P.D.: El link del que hablo en el video es este de la DAAD:
https://www.daad.de/deutschland/studienangebote/international-programmes/en/

Viajando a Alemania

Hauptbahnhof station. Frankfurt am Main. Photo: Sara Apaza.

He dejado Lima nuevamente. Esta vez, admito me costó un poco más que antes. A veces creo que mi familia y mis amigos ya están acostumbrados a verme partir. Pero, creo que la madurez nos hace más sensibles, más humanos también, o al menos eso siento que gano con las canas que me salen.

Aunque ya no sea una jovencita de veintes, soy más bien una “señora” de treintas usando todas las cremas que puedo para que mis arrugas de “la sonrisa y del regaño” se me noten cada día menos, como si eso fuera posible, jajaja. Sigo viajando, como cuando tenía 7 años menos. Aún no cumplo una década de llevar una vida un poco errante, entre las visitas que doy a Lima y los intentos de migración que llevamos con mi esposo, pero ya puedo decir que me estoy graduando en millas.

¿Graduarse en millas? ¿Y eso qué? ¡Vaya inestabilidad! Ni casa, ni auto, ni hijos y se te va a pasar el tren. Pues que se me pase. Si hay algo que las terapias me han ayudado a aceptar es mi propio devenir. Acepto quien fui, quien soy y quien quiero ser. Y siempre quise ser una ciudadana del mundo, por eso sigo viajando. No solo por mi esposo y nuestros planes de buscar un lugar donde crecer juntos, sino por mi también, porque mi exploración no está completa y no lo estará hasta que yo misma sienta eso.

Y vaya que sueño con comprarme una casita rodante y tener muchos perros. Le he preguntado a mi marido qué piensa y me dice que no quiere tantos perros, :D. Iré trabajando en eso para convencerle.

Adoptar perros será mi forma de agradecerles por haberme devuelto las ganas de explorar y sentir el mundo como lo hacen ellos. Sin miedo y con amor. Es gracioso porque escribo esto y pienso en mi Lilo en casa y se me salen las lágrimas, no lo puedo evitar.

Quisiera que el mundo fuera más perri-gati-animal-amigable porque es un poco complicado andarse moviendo por el mundo sin que le acepten a uno las mascotas en los pisos que alquila. Aunque ya de por sí, los humanos lo tenemos bastante difícil con esto de los pasaportes.

Volviendo al tema del viaje que es el motivo de este post. Quisiera decirles que estoy super lista para el máster y para hablar mi alemán (masticado), pero creo que uno nunca está 100% listo.

Mi itinerario de viaje dura unas 18 horas y en este momento estoy haciendo escala en Madrid por algunas horas. Tiempo perfecto para llenar este diario con algunas líneas.

El primer vuelo ha sido sumamente tranquilo y rápido. No sentí las casi 11 horas de vuelo gracias a varios filmes que llamaron mi atención, entre ellos Rocketman,- ¡qué increíble está esa película!-.

¿Qué haré en Frankfurt? Pues aún no he marcado mi agenda con actividades fijas para cada día. Quizás pueda ver a amigos o amigos de amigos hasta que comiencen mis clases del máster.  Aún no sé qué esperar de esta nueva temporada…

Había pensado en cambiar el nombre del blog o cerrarlo puesto que creía que ya no podía seguir escribiendo publicaciones con este tipo de contenidos, pero mi alma trotamundos ha sobrevivido a las tormentas emocionales y a mi pereza.

Prometo volver con otro post para contarles cómo pueden seguir viajando de otras formas, no solo como fotógrafos de crucero sino como au pairs o estudiantes de bachiller o de máster o una carrera técnica – Ausbildung. Ya les contaré cómo van mis primeros días y encuentros en Alemania.

¡Hasta entonces, gitanillxs!

Once meses en Lima

Lilo y yo.

Casi un año de mi último post, y queridos diarios, han sucedido muchas cosas. La verdad, creo que estaba huyendo de este hermoso ejercicio que es escribir.

A ver, ¿qué han pasado en estos casi 11 meses desde que llegué?
Tuve dos trabajos, perdí amigos, gané amigos, fui al médico al menos unas 100 veces entre ecografías, descartes de tiroides, terapias psiquiátricas… En fin, viví y sigo viviendo.

Últimamente pienso que la vida es una sátira, una película de Woody Allen. Es una comedia negra, sí. En la que estamos sentados todos en una mesa un viernes por la noche. Aunque no haya para el vino y tengamos solo para el agua, cada quien va con una historia bajo el brazo. Nacemos, crecemos y en la vida adulta todos los problemas no resueltos te empiezan a aquejar, se convierten en piedritas pequeñas en la suela del zapato que te obligan a detenerte.

Nuestras historias llevan un poco de realidad y de fantasía. El realismo mágico de las novelas y películas aparecerá para enfrentarnos en esta cruda realidad en la que no todos somos fieles, ni santos, ni demonios, ni ángeles.

Quizás todos estemos conectados de alguna forma. Todos los personajes de nuestra vida están entrelazados y volverán tarde o temprano.

Tan gracioso como levantarse luego de hacer el amor, hacer el desayuno y encender la televisión. Las noticias hablan del presidente y el Congreso y de pronto, en el plano, el camarógrafo amigo que una vez te besó- y que no sabes cómo dejaste de ver- está ahí haciéndole sombra al reportero que estuvo en una relación tormentosa con tu mejor amiga.

Tienes un flashback. No, tienes dos o tres. Sonríes, mientras sirves el café de esta mañana y tu esposo alista el equipaje.

Quizás él ve a la conductora y recuerda a su primer y único amor ¿o es que acaso está pensando en el almuerzo de hoy?

Volviendo al tema de escribir y de qué he hecho en 11 meses.

Tuve dos trabajos y debo decir que aprendí muchísimo de ellos. Ambos los disfruté como amores de verano puesto que siempre tenía miras a salir nuevamente de Perú.

Tuve dos terapistas. Mi psiquiatra y mi psicóloga que fueron un apoyo increíble en toda esta etapa de auto- descubrimiento. Por sugerencia de una de ellas dejé de ver a mi padre por un tiempo, puesto que nuestra relación generó muchas heridas cuando crecía. Espero algún día poderles contar la historia completa porque a veces es mejor desprenderse de quienes queremos por nuestro propio bienestar.

Aprendí que estar sano en el Perú es un lujo. Nuestro país realmente necesita difundir más información sobre lo que es la depresión, la ansiedad y otras enfermedades que a veces resultan de nuestras heridas emocionales generadas en el hogar.

Esto último es muy importante. Si alguna vez su mente y cuerpo les piden ayuda, escúchenlos y acudan a un médico. Las medicinas para los pacientes de depresión y ansiedad no son las más económicas, pero ayudan mucho al tratamiento.

Fui diagnosticada con un estrés postraumático que me llevó a lidiar con ataques de pánico en mis últimos viajes. Yo no entendía por qué mi cuerpo sudaba y lloraba. Me sentía sola y tenía miedo de todo. Un miedo sin razón. Miedo a mis viajes en avión y en barco… Qué increíble, si yo amo viajar tanto como Gulliver o Julio Verne. 😀

Pero si les puedo contar lo qué han sido estos 11 meses es porque los sobreviví. Dejar de viajar fue lo primero, luego empecé las terapias y empecé con la meditación.

11 meses de ver a mis familiares y amigos, de escribir a mis amigos por el mundo en México, Brasil, España, Alemania e India.

Para sobrellevar la carga económica, mi esposo y yo decidimos separarnos. Él sigue surcando los mares a bordo del crucero y yo desde Lima empecé a llevar estudios de idiomas para prepararme para cursar un máster.

No encontraba mucho tiempo para escribir. Me distraigo y soy una holgazana. Todo es culpa de mi perrita, que me ha acompañado tanto en esta temporada. Valorar el tiempo en casa, pasear, mirar las aves, los rostros de la gente, ser una romántica, todo eso se lo debo a Lilo.

Lo mejor que uno puede hacer es apagar todo. Y la verdad desconectar ha sido la lección más grande. ¿En qué momento dejamos de sorprendernos por la simpleza de  las cosas? El buen sabor de una comida en casa, la sonrisa de los niños, los perros jugando en el parque, una canción entonada en el bus.

Me he enamorado nuevamente de vivir. Vivir a fondo, a plenitud y sin arrepentimientos. Aunque hay días oscuros y de recaídas, lo que se puede hacer es pensar que todo pasa y que mañana será otro día.

Estoy segura que todos muy al borde de nuestra siguiente vida, frente a la muerte, sonreiríamos sabiendo que hemos vivido plenamente, que dimos hasta ese último microsegundo de vida para algo que nos hacía felices.

¿Qué me deja la ciudad en estos 11 meses? Mucho ruido, calles, comida, sentimientos, colas, muchas colas y más memorias.

Les extrañé.

P.D. Voy pronto para Alemania (Frankfurt) a llevar un máster.
Si algún gitano de este diario anda por allá, solo hágamelo saber. ¡Los veo pronto!

Cuando pienses en volver

Aeropuerto Jorge Chávez. Llegada a Lima. Foto: Sara Apaza.

Sí, ya sé que suena algo como la canción de Pedrito Suárez Vértiz y quizás debería de ser un post nostálgico acorde con las festividades, pero la realidad es gris y un tanto fría. Volver a tu ciudad después de tiempo fuera es reencontrarte con tus amigos y familia, sonrisas, abrazos, olores familiares, sabores de mamá y contig@ mism@.

Lima, mi ciudad panza de burro con las horas solares más contadas de este universo y sus calles y pistas decoradas con carritos y micros de colores. Es ruidosa sonora y visualmente, pero tiene su encanto si se le observa desde distintos ángulos y estas miradas siempre batallan en mi mente.

Llegué hace más de un mes y la idea de establecernos con mi familia en la capital nos ha resultado un tanto difícil por el tema del piso. Hace unos años, pude alquilar un minidepartamento por 500 soles mensuales en una zona tranquila de Barranco. Hoy mudarse a ese distrito es lo que menos se me ocurriría, no solo por el precio sino que creo que mudarse a una zona donde se sobrevaloran los pisos contribuiría más a la burbuja que ya existe en Lima.

En un primer intento, hicimos lo intuitivo: Buscamos en la web. En algunos sitios había ofertas interesantes, pero algunos avisos eran tan increíbles que hasta parecían falsos… y resultó que lo eran. Luego, intentamos un domingo. Nos levantamos muy temprano para comprar el diario y ver los avisos en la versión impresa, “Habrá gente un poco más convencional”, pensamos y por eso decidimos llamar a los que nos parecieron que estaban a nuestro alcance.

Llamábamos y había mucha gente no contestaba o simplemente nunca devolvía la llamada por muchas razones. En fin, a los días dimos con un aviso por San Miguel y fuimos a visitar el departamento. Todo fluyó con normalidad y pese al retraso del agente inmobiliario pudimos ver el espacio y en ese momento se nos solicitó información como boletas de pago y nuestros DNI.

Brindamos toda la información posible, lamentablemente nunca nos respondieron y entendimos que no calificamos. Nunca nos dijeron porqué y desde ese momento nos quedaron dudas sobre los apartamentos que nos ofrecían. Ha pasado un mes y seguimos buscando un lugar pequeño y no muy lejano de San Miguel o Pueblo Libre.

Lima ruge cada mañana acostada en su panza gris. Es una bestia tierna y salvaje a la que quisiera ver menos amarilla y más verde.

No sé cuánto tiempo nos quedemos, ni lo que tomará adaptarnos nuevamente a este punto del universo. Dicen que una vez que te vas ya no eres el mismo y no porque te creas la gran cosa. No. Tu ser, tu almita viajera y rumbera ha cambiado, ha vivido un proceso distinto y ese yo que se fue no es el mismo que vuelve. Ah, pero aquí estamos con las maletas listas para desempacar aunque sea por un rato.


Odiseas Familiares en una caja de zapatos

Desde hace cinco años llevo buscándome fuera de este país. He viajado y migrado por avión, por bus, por tren. He vivido sola, con amigas, con desconocid@s, con gatos…

Y no ha sido sino hasta esta semana en Lima durante el taller Odiseas Familiares” del escritor y periodista Marco Avilés que fui consciente de que mi exploración me había llevado a todas partes y a ninguna.

A la mañana siguiente de haber escuchado las historias de migrantes e hijos de migrantes mi cabeza seguía procesando sus testimonios. Sus voces seguían sonando con fuerza en mi mente. De pronto me escuchaba a mí misma perdida y quise saber quién soy.

Aprovechando mi estadía en Lima, mi ciudad de nacimiento, fui encontrando tesoros familiares escondidos en cajas de zapatos. Memorias de hasta 4 generaciones pasadas en cajas de cartón que, felizmente, ni la humedad ni el tiempo han borrado.

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Familia Huamán Berren
Familia Huamán Berren. José Huamán, Rosa Berren e hijos.

Mis apellidos son Apaza Huamán y los primeros registros que pude encontrar son de la familia materna. Los Huamán de Trujillo que aparecen en este primer registro familiar realizado en un estudio del Centro de Lima (1925) son José Huamán y Rosa Berren junto a sus niños, entre ellos mi abuelo José Fortunato, quien lleva un cuaderno y tiene apenas 7 años en la foto.

Jovita Lara Esparza e hijas
La abuela Jovita junto a sus hijas.

En esta otra imagen las mujeres de la familia Huiman. Mi abuela Manuela aparece en la esquina derecha junto a su madre Jovita y sus cuatro medio hermanas. “Mañuquita”, como la recordamos, nació en el distrito de Moro en Áncash y luego llegó a Lima junto a su familia. Aunque no sabemos los motivos de la mudanza, mi madre me cuenta que ambas familias se instalaron en pequeñas quintas en el distrito de Lince.

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Las huellas de la migración también vienen del sur. La familia de mi padre proviene de Arequipa y en el caso de ellos no tengo acceso a fotografías por un distanciamiento familiar. Quizás esto sea lo más sensible de toda esta historia, lo más difícil de entender.

Tanto mi hermana como yo hemos podido descubrir un acercamiento a Puno increíble, una conexión que nos lleva a vibrar con su música y folklore. Nuestro primer acercamiento fue en la escuela durante las festividades de octubre cuando teníamos que realizar las danzas de la Candelaria para la kermesse de la escuela.

Como no puedo describir lo que siento cuando escucho una morenada, una saya, una diablada o nuestra marinera puneña con pandilla, me he sentido emocionada al punto de la lágrima en plena danza.

Lo curioso aquí es que no nos pasa lo mismo con otras danzas, entonces descubrimos que hay una conexión especial con el sur por las razones que sea.

Familia Apaza Huamán
Mis abuelos Dora Ramos y Félix Apaza junto a mis padres en el día de mi cumpleaños. (1987)

Mi padre Félix Apaza Ramos nació en Lima, pero sus hermanos nacieron en Arequipa, en donde mi abuela Dora tenía una picantería. La ciudad natal de los padres de la abuela podría haber sido Puno y el apellido Apaza del abuelo Félix tiene origen aymara, aunque él haya nacido en la Ciudad Blanca.

Ambos migraron a Lima hace muchos años y construyeron una casa muy modesta en Flor de Amancaes, en las faldas de los cerros donde recuerdo claramente jugábamos los Siete Pecados.

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Nosotros, los nietos, la segunda generación de migrantes crecimos en medio de juegos, de mucho cariño, pero también de ciertos silencios. En el caso de mi familia materna las relaciones siempre fueron muy abiertas, la memoria de los familiares del norte estaba un poco más actualizada por algunas visitas de tías y primos desde Catacaos.

El tesoro escondido de la familia paterna es una visita pendiente, aunque de niña haya sido muy feliz corriendo y escondiendo los caramelos que mi abuelo me daba, hay una barrera impenetrable que nos separa. Que no tiene que ver con verguenza ni racismo alguno, no en mi caso, es más bien una colección de heridas que nos han llevado a mantener un saludable contacto telefónico en ciertas fechas.

Aunque el taller haya terminado hace dos días, el ejercicio de memoria y reconciliación apenas ha empezado. La búsqueda empieza a tener sentido, las fotografías son herramientas del pasado para recuperar el yo presente, para descubrir, sanar, compartir.

Antes de cerrar este post, que vino a mí como suplicándome escribirlo, quise también saber de dónde podían venir estas ganas de viajar, de siempre querer curiosear qué pasa más allá, entonces comprendo que el origen de Diario Gitano estaba en todas las veces que miré los álbumes de fotos de mamá.

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Mi madre Ceci viajó mucho antes de tenerme. Tiene cientos de fotografías paseando con sus amigas, disfrutando de lugares, de fogatas, caminatas y amigos de la ruta.

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En esta fotografía estamos juntas en la playa, frente al inmenso océano que místicamente siempre se inmiscuye en mi vida haciéndome sentir sus formas, su presencia, su poder auténtico y divino.

Cinco momentos para reencontrarme

  1. El primer díptico Restos es la imagen de mi motivo para salir, para expulsarme a mí misma de un espacio (quizás no necesariamente físico), como respuesta a lo que había sucedido. Estaba rota, me sentía pedazos, física y mentalmente una relación había acabado con lo que yo había sido. Sentía que tenía que salir, reencontrarme en algún lugar.

  1. Inelegible fue la primera vez que fui consciente de que el libre tránsito no existe. Fui consciente de mi condición de diferente. Me negaron el visado que debió haberme llevado a Costa Rica y me sellaron un papel en el que se me etiquetaba como inelegible.

3. El sentimiento de huída o desarraigo podía más que cualquier cosa. Vi un anuncio en una web y me fui a Brasil sin fecha de retorno. No sabía tomar fotos ni hablar portugués, pero igual me presenté como fotógrafa. En esta imagen están dos de mis amigos mirando el mar. El amanecer nos recibía así frente a la casa.

4. Este autorretrato es mi vida a bordo. En el 2014 me uní como tripulante en un crucero y ese traje fue mi piel durante muchos días. Mi vida a bordo es ese delfín fuera del agua, extraño, pero feliz.

Esta última imagen resume mi pasado y presente. Es mi abuela serbia, (la abuela de mi esposo) a la que conocí hace 3 años y extraño hoy muchísimo. Vivimos juntas un año sin poder hablar mucho solo nos abrazábamos.

Existe una búsqueda del yo a través de las migraciones, de no tener hogar. El proceso de no sentar raíces en ningún lugar permanentemente y perder físicamente cercanía con seres que conocemos y amamos es el precio de estas mudanzas voluntarias con el fin  de encontrarme a mí misma.