Júlia y yo

Tengo una hermana. Vive en Lima y aunque moramos juntas unos 23 años, nuestra relación siempre fue algo distante. Ella, menor que yo, era más engreída, sociable, amiguera y astuta. Yo, era una especie de damita sabelotodo incapaz de ensuciarse, brincar y embarrarse como ella lo hacía.

Cuando me di cuenta, mi “hermanita”, ya era mamá y nuestras vidas eran totalmente distintas. Al dejar Lima, fui consciente de que apenas había hablado con ella durante los últimos meses.

Lo más extrano es que no estaba al tanto de esta dejadez, hasta que conocí a Júlia.

Júlia es la nena a la que vine a fotografiar al Distrito Federal. Llegué poco antes de su fiesta de cumpleaños.

Los primeros días apenas conversábamos. Me observaba todo el tiempo, yo era un pequeño ser extraño con una cámara. Me imagino en su mente de niña como una especie de bicho paparazzi…

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—Es como tener una misión a lo James Bond. Eres tú y tu cámara detrás de un humanito que nunca está quieto, que corre, salta, se ensucia, llora y si quiere se niega a la foto (y cuando eso sucede no te queda otra que esperar).—

Los días pasan y me doy cuenta de que nuestra relación va más allá de fotógrafa y “cliente”. Paseamos, jugamos, leemos, nos aburrimos, y, como es natural, también peleamos.

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Es como esas películas donde las protagonistas son nanas y se hacen amigas de las nenas a las que cuidan. Pues algo así. Tu vida es como la de una hermana mayor y de pronto hay momentos en los que sientes que tienes 10 y otros en los que inevitablemente caes en la cuenta de que llevas casi 30. (Fotograma de Uptown girls.)

Estos son los últimos dibujos que ella me regaló:

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Familia, familia…

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Como viajera colecciono historias, músicas, fotografías, postales, sellos, monedas… pero de entre todas aquellas cosas, nunca imaginé que aparte de amigos, hallaría una familia.

Una mañana a principios de octubre de 2013, estaba caminando por la playa pensado a quién fotografiar. Di unos pasos para entrar al mar y vi a una niña jugando con su padre. Este  hombre, llamado Túlio, de talla mediana con tatuajes y piercings, aceptó que lo retratara junto a su pequeña, Julia.

Después de algunos clics, el diálogo fluyó con tanta naturalidad que poco después, él me presentó a su esposa, Walquiria.

Desde aquel día compartimos anécdotas, chats, películas… y antes de que partieran de Porto de Galinhas realicé una sesión de fotos de la familia.

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Familia Rocha en Porto de Galinhas.

A la distancia, conversábamos sobre nuestros días y lo mucho que habían gustado de las fotografías.

Veo en ellos un gusto peculiar que me hace recordar a lo que Susan Sontag menciona sobre la nostalgia y la memoria, sobre las fotografías en general. Para el común de los mortales las fotografías son un rito y existen personas que gustan muchísimo de ser fotografiadas y de observar fotografías.

Fue por Tulio y Walquiria que llegué a la impresionante Brasilia, la ciudad es una especie de lar futurista en el corazón de Brasil.

Ambos son una pareja joven, quizás tengamos poco más de una década de diferencia, y su espíritu  es totalmente vital.

Es increíble cómo puedes tener esa sensación de estar en casa y en familia, con seres humanos que nunca viste antes en la vida.

Para ser sinceros, hay un cierto parecido físico entre Walquiria, la pequena Julia y yo, además de que somos tres mujeres en generaciones distintas con gustos y perspectivas de vida similares.

Desde mi llegada hace poco más de un mes, los Rocha me trataron como a una hija y amiga.

Somos nosotros mismos todo el tiempo. Es el sonido de Iron Maiden (o Black Sabbath) en el auto de Túlio. Es Walquiria una madre linda, sensible e inteligente. Es Julia una nena de 8 años con la mente de una mujercita de 15, fan de Demi Lovato y las trufas de chocolate. Sin olvidar a Nicole, que por un ataque de garrapatas fue rasurada y luce con un aspecto algo vanguardista.

Tu ve suerte de encontrarlos. El fin del 2013 y comienzo del 2014 es una especie de encuentro continuo. Todo está empezando.

MANIFIESTO: 365 días de libertad

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Me llamo Sara, soy peruana. Tengo 27 años y este es mi manifiesto.

Llevo 365 días de libertad absoluta. Hace un ano volví a nacer. Desde ese día, nadie me juzga o se atreve a menospreciar mis opiniones.

La madrugada del 16 de noviembre decidí que no quería convivir más con la violencia. Me cansé de llevar los ojos hinchados al trabajo, de ocultar los moretones de los brazos con blusas de mangas. Yo quería mi cuerpo descubierto: LIBRE.

Renuncié. Hice mis maletas cuando tú no podías verme a la cara. Esta vez no lloraste, esta vez no repetiste: “No lo volveré a hacer”. No lo dijiste porque no hubo tiempo. Me fui para no presenciar aquella patética escena del perdón.

Comencé una vida nueva: Nunca más te vi la cara, nunca más respondí un correo tuyo. Todo eso ahora parece la cosa más sencilla, pero no lo fue.

Aquella imagen de mi cuerpo sobre el suelo, aquel grito desesperado “Basta”, son huellas imborrables, ya no duelen, SON MEMORIA.

Cuando vemos las noticias, los titulares policiales hablan de feminicidios a diestra y siniestra: mujeres acribilladas, apuñaladas, envenenadas, golpeadas, vendidas… Mujeres que perdonan una y otra vez. Todos lo vemos a diario y algunos pensamos “pues qué idiotas”, “por qué no los dejan”, “qué esperan”.

La portada del diario siempre será una mujer de condición humilde, con poca educación y con hijos: No existe nada más cliché.

Volvemos a las noticias: ellas. Son siempre ellas: “Ella me provocó.”

Ella es siempre una mujer sin rostro, una anónima silenciosa que no denuncia, que calla, que siente vergüenza…

Ella no es tu amiga, ni tu prima, ni tu hermana, no felizmente, esas cosas les pasan a otros, porque sería imposible de aceptar que tu hermano-amigo-primo o conocido sea tan miserable para tocarla. No, IMPOSIBLE.

Hoy ella se niega rotundamente a ser parte de las estadísticas. YO me niego al olvido porque soy feliz con mi libertad ahora. Celebro la vida, el amor y la equidad. Me niego a pensar que seremos siempre una minoría. ¿Acaso todas las minoría juntas (feministas, homosexuales, negro e indígenas) no somos la gran mayoría responsable de cambiar la sociedad? ¿Acaso no somos todos el motor que mueve el mundo?

In a road movie (Episodio 2: La tormenta)

Es domingo por la noche y Denys, Douglas y yo vamos al centro de Porto de Galinhas a comprar la cena. Como son casi las 7 p.m., no hay bus y no nos queda otra que ‘pegar carona’ (tirar dedo).

Un amigo buguero* se ofrece a llevarnos. Estamos salvados. De pronto, ya sobre la ruta, el cielo oscuro y nublado empezaba a resplandecer. Eran los primeros relámpagos de la noche.

Cuando llegamos al centro, vimos que todos estaban mirando el partido del Flamengo vs. Fluminense. Entonces, cambiamos la cena por unas cervezas en un bar de la calle Navegantes.

Mi parte favorita del juego fue el entretiempo, el dueño del Woodstock Bar colocó un dvd de Led Zeppelin en vivo mientras todos comentaban las jugadas yo viajaba con la música y los relámpagos que iluminaban Porto de Galinhas.

Éramos pocos en el local. Al final del partido, sonaba Black Sabbath entre el murmullo de una pareja y un grupo de chicos que acababan de ingresar.

Después de algunas horas, decidimos partir. El bar cerraba y había que ir a trabajar al día siguiente.

Solo pudimos avanzar un par de cuadras antes de que comenzara la tormenta. Yo que nunca había visto una, estaba disfrutándola. Imaginando qué escenas podría rodar bajo la lluvia y el cielo iluminado por los rayos.

No conseguíamos avanzar. Intentamos refugiarnos en una tienda de gafas, sin mucho éxito hasta que llegamos a la entrada de una pizzería.

Allí estaba el mismo grupo de chicos que había estado en el bar. Denys saludo a uno de ellos y empezamos por compartir cigarrillos, que después se convirtieron en tragos cortos y cervezas.

Alguien consiguió una guitarra. Yo me perdía entre las letras de las canciones de O Rappa y mi mal portugués.

Las calles empedradas de la vila eran un río bravo, pero ahí estábamos ambos encontrándonos. Sin paraguas, mojados, bajo mi primera tormenta. Conversamos, reímos, bebimos, fumamos. Sin necesidad de conocernos fuimos conscientes de estar bajo el mismo cielo.

La suerte de conocernos es la suerte de los desprevenidos, de los distraídos que quieren jugar bajo la tormenta. A veces es mejor olvidar en casa el paraguas y dejarse mojar.

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 (*conductor de buguis.)