Primer mes de aventuras

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Aquí en el nordeste de Brasil el viento sopla, silba, habla… ruge. Durante mis primeras mañanas me he dedicado a observar el cielo con detenimiento. Aquí hay colores, hay nubes, profundidad… luz.

La relación hombre -naturaleza es más intensa. Las fotógrafas nos levantamos pidiendo luz y calma para el día. Es como rezar para que llueva solo de noche y de esa forma entregarle al universo hasta tu último disparo.

“Sin luz no existe imagen, no existe foto.” Bajo esa premisa convivimos Lola, Nicole y yo. Las tres fotógrafas que compartimos el piso conocido como “A casa das meninas”.

La rutina de cada día es despertar, desayunar y partir al trabajo con una sonrisa.

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Las meninas trabajamos juntas en un resort de Cumbuco, a 20 minutos de casa. Allí transcurre nuestro día: Ocho horas dedicadas a retratar personas, a captar el momento más feliz de su viaje. Suena divertido, pero también es sacrificado.

Al cumplir el primer mes quisiera escribir sobre los primeros amigos, el primer moretón, el transporte, el habla portuguesa, el tiempo cearense, Lola, Nicole… en fin, muchas cosas para un solo post.

Por lo pronto ya tenemos historias y personajes nuevos asomando entrelíneas.

Beijos!

¿Por qué la fotografía?

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He pensado muchas veces en escribir este post. No sabía  cómo responderme a mí misma qué es lo que me hizo cambiar  de rumbo. ¿Por qué dejé el video y mudé a la fotografía? ¿Por qué dejar la escena en movimiento y detenerme a la acción presentada en cuadros fijos?

Recuerdo un corto que habla sobre el amor de Anna Karina y Godard. En este cortometraje se habla de Los Campos Eliseos que aparecen como locación en la película A bout de souflé, en una de la escenas Jean Serberg y Jean Paul Belmondo aparecen caminando y detrás de ellos todo el movimiento de la calle, la acción es en Los Campos Eliseos, es Godard en sus inicios, la edad temprana de una leyenda.

Con los años y casi al finalizar su relación con Anna Karina, vuelven a aparecer Los Campos Eliseos, pero no como una locación en acción, sino como un cuadro fijo detrás de Naná en “Vivir su vida”. La imagen en movimiento ha sido sustituida por una imagen fija, con el paso de los años la intensidad de la acción mutó a lo estático. El paso de “La imagen viva y la imagen muerta”.

No me explico en qué momento ocurrió, pero me enamoré de la imagen fija. Hay algo detrás de ella sumamente emocional e instintivo que debo reconocer. Me enamoré de ella a través de los ojos de un joven fotoperiodista. A partir del fotoperiodismo descubrí que la imagen fija, inerte y pasiva como podría  calificarse es un medio de expresión sumamente potente. Crispa, denuncia, idealiza…

Cuando me sentaba en la oficina a recibir las fotografías, me sorprendía de la mirada ajena. Yo llevaba siempre una videocámara y él su equipo fotográfico. Éramos dos en  un mismo lugar y acontecimiento, sin embargo,  teníamos dos miradas diferentes y complementarias.

Entonces creo que me convertí en una especie de voyeur de fotografías, las observaba y guardaba algunas para mí. Creo que en algún momento coleccionaba pdf’s con mis fotos favoritas. La mayoría de retratos y fotoperiodismo.

Mi enamoramiento fue progresivo. Pasé de la colección de pdf’s y hojas de periódicos a intentar practicar por mi cuenta con una camarita compacta. La mayoría de veces optaba por autorretratarme para evitarme la fatiga de pedirle a alguien que sea mi modelo, sobre todo porque normalmente hacía las fotos durante la madrugada.

La fotografía dejó de ser un pasatiempo en cuanto recobré mi vida propia. Hace 8 meses tomé una decisión que me cambió la vida por completo y decidí tener las agallas para hacerme cargo de una vida nueva, una vida que me gustara, que amara completamente.

De pronto tenía una cámara en mis manos y sentí muchas ganas de experimentar, como si con cada disparo hubiera deseado acabar con mi vieja vida…

Pasaron los meses, había tomado un breve taller de foto y en mis días libres había logrado hacer un minibook que me ayudó a conseguir un puesto como Photo Trainee, una especie de fotógrafa amateur aquí en Brasil.

No hay día que pase sin echar una sola fotografía, sin intentar ver en la realidad aquella imagen latente esperando a ser capturada. Es una especie de locura que te hace estar pendiente de algún fragmento de segundo para lograr lo que anhelas.

Sin imaginarlo, he llegado al punto en el que mis sueños  están en una cajita oscura esperando el “instante decisivo”.

Segundo capítulo: Llegada y vida nueva

Después de 15 horas de viaje, llegué finalmente a Icaraí (mi primera parada fue Sao Paulo, ciudad en la que hice una escala de 7 horas para luego abordar el avión a Fortaleza, distrito ubicado a 30 minutos de Icaraí).

He llegado a la casa de unas colegas fotógrafas con las que trabajaré en un resort en el distrito de Cumbuco, a 20 minutos de nuestro condominio.

Durante los primeros días me asombran: el clima tropical, la gente, la comida, el transporte público y la ausencia de tráfico. Aquí hay cero tráfico, pocos taxis, y algunos buses que pasan cada 15 o 20 minutos y que solo se detienen en sus paraderos oficiales.

2013-06-11-13-41-50(Nuestra casa)

2013-06-15-09-42-49(Bus de Icaraí a Cumbuco)

Las primeras horas en Icaraí son de descanso: un breve paseo en taxi (ojo, aquí hat taxímetro y movilizarse por esta vía es sumamente caro. Una carrera de Icaraí al centro de Fortaleza puede costar un aproximado de 30 a 40 dólares), almuerzo en el “shopping” de Fortaleza, bufet de sushi, jugo de uva y a dormir.

Mis colegas se llaman Lola y Nicole, las tres estamos aquí en con una historia particular. Ellas dejaron Sao Paulo. Cada una vino a Ceará por una apuesta distinta. Aquí empezamos nuestra ruta. Apenas hemos llegado y la aventura recién comienza.