Once meses en Lima

Lilo y yo.

Casi un año de mi último post, y queridos diarios, han sucedido muchas cosas. La verdad, creo que estaba huyendo de este hermoso ejercicio que es escribir.

A ver, ¿qué han pasado en estos casi 11 meses desde que llegué?
Tuve dos trabajos, perdí amigos, gané amigos, fui al médico al menos unas 100 veces entre ecografías, descartes de tiroides, terapias psiquiátricas… En fin, viví y sigo viviendo.

Últimamente pienso que la vida es una sátira, una película de Woody Allen. Es una comedia negra, sí. En la que estamos sentados todos en una mesa un viernes por la noche. Aunque no haya para el vino y tengamos solo para el agua, cada quien va con una historia bajo el brazo. Nacemos, crecemos y en la vida adulta todos los problemas no resueltos te empiezan a aquejar, se convierten en piedritas pequeñas en la suela del zapato que te obligan a detenerte.

Nuestras historias llevan un poco de realidad y de fantasía. El realismo mágico de las novelas y películas aparecerá para enfrentarnos en esta cruda realidad en la que no todos somos fieles, ni santos, ni demonios, ni ángeles.

Quizás todos estemos conectados de alguna forma. Todos los personajes de nuestra vida están entrelazados y volverán tarde o temprano.

Tan gracioso como levantarse luego de hacer el amor, hacer el desayuno y encender la televisión. Las noticias hablan del presidente y el Congreso y de pronto, en el plano, el camarógrafo amigo que una vez te besó- y que no sabes cómo dejaste de ver- está ahí haciéndole sombra al reportero que estuvo en una relación tormentosa con tu mejor amiga.

Tienes un flashback. No, tienes dos o tres. Sonríes, mientras sirves el café de esta mañana y tu esposo alista el equipaje.

Quizás él ve a la conductora y recuerda a su primer y único amor ¿o es que acaso está pensando en el almuerzo de hoy?

Volviendo al tema de escribir y de qué he hecho en 11 meses.

Tuve dos trabajos y debo decir que aprendí muchísimo de ellos. Ambos los disfruté como amores de verano puesto que siempre tenía miras a salir nuevamente de Perú.

Tuve dos terapistas. Mi psiquiatra y mi psicóloga que fueron un apoyo increíble en toda esta etapa de auto- descubrimiento. Por sugerencia de una de ellas dejé de ver a mi padre por un tiempo, puesto que nuestra relación generó muchas heridas cuando crecía. Espero algún día poderles contar la historia completa porque a veces es mejor desprenderse de quienes queremos por nuestro propio bienestar.

Aprendí que estar sano en el Perú es un lujo. Nuestro país realmente necesita difundir más información sobre lo que es la depresión, la ansiedad y otras enfermedades que a veces resultan de nuestras heridas emocionales generadas en el hogar.

Esto último es muy importante. Si alguna vez su mente y cuerpo les piden ayuda, escúchenlos y acudan a un médico. Las medicinas para los pacientes de depresión y ansiedad no son las más económicas, pero ayudan mucho al tratamiento.

Fui diagnosticada con un estrés postraumático que me llevó a lidiar con ataques de pánico en mis últimos viajes. Yo no entendía por qué mi cuerpo sudaba y lloraba. Me sentía sola y tenía miedo de todo. Un miedo sin razón. Miedo a mis viajes en avión y en barco… Qué increíble, si yo amo viajar tanto como Gulliver o Julio Verne. 😀

Pero si les puedo contar lo qué han sido estos 11 meses es porque los sobreviví. Dejar de viajar fue lo primero, luego empecé las terapias y empecé con la meditación.

11 meses de ver a mis familiares y amigos, de escribir a mis amigos por el mundo en México, Brasil, España, Alemania e India.

Para sobrellevar la carga económica, mi esposo y yo decidimos separarnos. Él sigue surcando los mares a bordo del crucero y yo desde Lima empecé a llevar estudios de idiomas para prepararme para cursar un máster.

No encontraba mucho tiempo para escribir. Me distraigo y soy una holgazana. Todo es culpa de mi perrita, que me ha acompañado tanto en esta temporada. Valorar el tiempo en casa, pasear, mirar las aves, los rostros de la gente, ser una romántica, todo eso se lo debo a Lilo.

Lo mejor que uno puede hacer es apagar todo. Y la verdad desconectar ha sido la lección más grande. ¿En qué momento dejamos de sorprendernos por la simpleza de  las cosas? El buen sabor de una comida en casa, la sonrisa de los niños, los perros jugando en el parque, una canción entonada en el bus.

Me he enamorado nuevamente de vivir. Vivir a fondo, a plenitud y sin arrepentimientos. Aunque hay días oscuros y de recaídas, lo que se puede hacer es pensar que todo pasa y que mañana será otro día.

Estoy segura que todos muy al borde de nuestra siguiente vida, frente a la muerte, sonreiríamos sabiendo que hemos vivido plenamente, que dimos hasta ese último microsegundo de vida para algo que nos hacía felices.

¿Qué me deja la ciudad en estos 11 meses? Mucho ruido, calles, comida, sentimientos, colas, muchas colas y más memorias.

Les extrañé.

P.D. Voy pronto para Alemania (Frankfurt) a llevar un máster.
Si algún gitano de este diario anda por allá, solo hágamelo saber. ¡Los veo pronto!