Moro no Brasil

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Llevo seis meses de aventura y cada día es más emocionante que el anterior.  A mi regreso de Goiás, se me ocurrió escribir sobre la aventura de viajar y fotografiar. Algunos amigos ya me preguntaron sobre cómo hago para continuar el viaje sin tener muchos ahorros o recibir salario fijo.

‘FLASHBACK’
En post anteriores (Leer: “Tres meses después”) conté que llegué a Brasil como fotógrafa. Tenía una maleta llena de sueños, mi equipo Canon y unos 400 dólares.

En enero de 2013 fui convocada por una empresa llamada Photoventura para integrar su equipo en Costa Rica.  Mi viaje fue programado para el día 22 de febrero a las 11 horas.

El día 21 de febrero y com la maleta lista, mis futuros jefes cancelaron el viaje por un visado que yo precisaba para viajar a Costa Rica. Me indicaron que debía tramitar la visa americana lo antes posible.

Mi cita en la embajada americana no tuvo éxito. Había tirado 162 dólares al tacho.

Sin trabajo y sin visa, decidí volver a casa. Estaba triste, pero tenía que hacer algo. Al día siguiente fui citada por la Revista Velaverde para ser la nueva gestora de contenidos digitales.

Aunque estaba contenta, la idea de migrar no salía de mi cabeza. Entonces apareció una convocatoria para fotógrafos vía Facebook de una empresa desconocida con sede en Portugal.

Conseguí ser aceptada por los directores de Pictures in Motion  y a fines de mayo renuncié a mi cargo en la revista para viajar a Fortaleza, ciudad ubicada en el estado de Ceará, al nordeste de Brasil.

PRIMERA ETAPA

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Aquí mientras estaba fotografiando en la Playa de Cumbuco (Ceará). Junio 2013.

Durante los dos primeros meses viví con dos colegas de Sao Paulo y mi trabajo era fotografiar a las familias que se hospedaban en el hotel. Ello me distanciaba un poco de la realidad cultural que me apetecía conocer, pero me ayudaba a ganar experiencia y contactos.

El sueldo como fotógrafa en este tipo de agencias depende de la cantidad de fotos vendidas y la cantidad de fotos vendidas depende de la cantidad de fotos capturadas y este número depende de una variable importante: CARISMA.

Quien tiene carisma logra ganarse a los clientes. Cuando lograba arrancarle una sonrisa a la gente, el trabajo se me hacía más leve y las horas pasaban má rápido.

El horario es matador. El fotógrafo de resorts tiene un horario que oscila entre las 9:00 a.m. hasta las 17:00 horas. (horario solar). Se descansa un día por semana y el sueldo no es fijo (en algunas empresas sí otorgan fijo) depende del volumen de las imágenes que logren ser vendidas. Normalmente el fotógrafo obtiene solo el 15% del total de sus ventas (esto en promedio. Hay empresas que solo pagan el 10%, otras que otorgan 20%).

Digamos que en un buen día, um fotógrafo logra hacer muchas fotos y en su carpeta al final del día quedan unas 250 fotos editadas (Yo solía tener um margen de 150 por la manana y otras 50 a 100 por la tarde).

En mi primer hotel, cada fotografía era vendida a 20 reales. Es decir unos 9 dólares.  En el segundo, el precio bajaba a 15 por cada.

MAL TIEMPO

La temporada de agosto y setiembre fue durísima. Había sido trasladada a Pernambuco y durante la primera semana mi equipo se mojó en la piscina, mi lap top sufrió un accidente, la batería de mi 60d se malogró y entre ontras cosas, estaba al borde de la locura.

Para setiembre mudé de empresa y conseguí un puesto como fotógrafa en Nossa Fotografía en el Hotel Marupiara. Mi jefe y amigo, Fede me prestó su Nikon D90 para poder continuar.

Adaptarme a Nikon fue cuestión de días. Empecé a trabajar con una lente 35 mm. que me permitía obtener mejores resultados en los retratos de las sesiones. Sobre todo para el atardecer, que en Porto de Galinhas ocurre entre las 3:30 y las 4:00 p.m.

Los ahorros terminaron por esfumarse y logré hacerme de un alquiler durante los meses de octubre y noviembre.

El porcentaje de las ventas esta vez era de 25%, sin embargo, el precio de mis fotografías bordeaban los 8 reales (poco menos de 4 dólares cada) en promedio.

Para quienes quieran saber el estimado de un alquiler de um departamento o casa em Porto de Galinhas, los precios en temporada alta van desde los 1000 reales (480 dólares) hasta los 3000 (o más).

MARACAÍPE
Me uní con un colega para compartir gastos. Douglas y yo lquilamos un pequeño departamento en Maracaípe, una playa cercana, por 600 reales (280 dólares). Era un espacio sencillo con dos cuartos y amoblado con cocina, refrigeradora y ventiladores.

La vida en Porto de Galinhas es muy cara. Tuvimos días en los que optabamos por reservar nuestros últimos reales para las emergencias y cenabamos sopas instantáneas o cualquier cosa que engañara el estómago.

A cambio tuvimos días llenos de sol y playa, noches de luna llena cantando sambas desconocidas o inventadas por nuestro amigo francés Gabriel. Solo un pandero y una botella de cachaça comenzaban la fiesta en casa.

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Denys y Douglas
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Toda la galera en casa!

GOLPES DE SUERTE

En medio del mal tiempo y las arduas jornadas, tuve la suerte de conocer a un fotógrafo com más anos de experiencia, un freelance de São Paulo que viaja por el mundo dedicado a la fotografía de resorts.

J y yo salimos durante algunas noches.  El día que nos despedimos, me dijo que yo precisaba aventurarme en la gran ciudad. Que debía dejar Porto e ir en busca del mundo.

J y yo!
J y yo!

Un día de tantos a fines de octubre. Uno cualquiera, abri mi bandeja de mensajes. Una de las familias que había fotografíado en el Hotel Marupiara estaba encantada com las fotografías que habíamos hecho. Como ellos sabían de mi ilusión por viajar, me propusieron acabar el book de la familia en Brasilia.

Entonces, acepté. La primera semana de diciembre dejé el calor de Maracaípe y las playas de Porto para llegar al espesor verde de Brasilia.

REFLEXIONES

Días antes de dejar Pernambuco, pude ver nuevamente el documental de Mika KaurismakiMoro no Brasil”. Reconocí Caruarú y Pernambuco. Aquella safona nordestina que suena dando vida al forró. Reconocí el Carnaval de Olinda. Las calles en las que bebí Axé, sudé y besé hasta el infinito.

Ahora, acabo de llegar de Goiás He empezado a deshacer la maleta.

Cuando estaba camino a Brasilia, miraba por la ventana del auto y me preguntaba cuál sería mi próximo destino.

Disparaba a los árboles, adivinando a dónde me puede llevar toda esta exploración… Porque es mi cámara la que me lleva a todos lados. Es ella mi pasaporte, mi visa y mi nave.

BONUS TRACK: Moro no Brasil -Farofa Carioca:

In a road movie (Episodio 3: La despedida)

Vida gitana, aquí estamos empacando de nuevo. Acabamos de despertar.

Son casi las 5 de la manana y logramos dormir sin esfuerzo, de puro cansancio y placer de estar juntos.

Estoy nerviosa, no sé lo que me espera en la capital. Intento imaginarme  Brasilia como la ciudad de Los Supersónicos, bromeo conmigo misma, tengo miedo.

El sol resplandece sobre nosotros. Me despido de Douglas y Denys, mis compañeros de piso, mis amigos y mis hermanos. Los abrazo y espero tener la suerte de encontrarlos pronto.

Mientras te peinas, decido tomarme una foto con Machu Picchu. Lo abrazo, le digo que lo quiero. Estamos listos.

Junto a Machu Picchu

Abordamos el taxi hasta la primera parada del bus. Miro el cielo, te miro, nos besamos. Cierro los ojos y veo ese color rojizo de la luz a través de los párpados y las sombras de los coqueros se disuelven, el olor del mar, tu perfume, la arena…

Estamos de la mano dentro del bus. En silencio, cerramos los ojos para intentar dormir. Pero intentar dormir es igual a abrir la puerta por donde entran los recuerdos.

Se apagan las luces y comienza la proyección del filme. Nos veo riendo en la orilla de la playa. Vamos caminando hasta el puntal de Maracaípe con una botella de vino en las manos.

Conversamos, reímos, el mar corre hacia nosotros… el cielo iluminado por miles de estrellas, el puntal hermoso y desierto. Solo las sombras del follaje se dibujan por encima de las  dunas y el mar.

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Puntal de Maracaípe

Río y mar se encuentran, desnudos observan las estrellas fugaces, hacen el amor, piden deseos.

Aunque en ninguna película perfecta podría faltar un testigo: un pescador solitario estaba cerca alumbrando su camino con una literna. Interrumpidos, mar y río maldicen al hombre que, asustado, acelera el paso en dirección contraria. Se aleja hasta perderse del otro lado de la orilla.

Nadamos. Pedimos más deseos, formamos constelaciones.

La voz del cobrador del bus nos despierta. Estamos llegando y es hora de despedirse. Quise darte algo y se me ocurrió dibujarte un boleto de avión. Miras el destino y la fecha. Sonreímos. Nos besamos. Te pierdo camino al aeropuerto. Esta vez debo continuar mi viaje.

In a road movie (Episodio 1: Amanecer)

In a road movie

Llevamos días de paz en casa. Hoy estamos frente al mar y vemos nacer el sol. Son las 5:00 a.m. del 30 de octubre.

Denys, Douglas y yo nunca imaginamos estar en Pernambuco mirando el amanecer. Será que nuestras travesías comenzaron en lugares totalmente distintos y, de momento, hemos coincidido en un punto de los millones de puntos que conforman el universo.

Apenas llevamos 30 días de conocernos y ya compartimos la mesa, el trabajo, la fiesta. La tensión de los primeros días tras la mudanza ha desaparecido.

Hay una gallina y una flor amarillas pintadas en casa, recuerdos de una noche. Hay  botellas de cerveza, frutas, mandalas y una TV que rara vez encendemos.

Frente al mar, reímos acordándonos de las noches pasadas. Me cuentan, cosas que no logro recordar, gracias a las pingas de cachaça de 3 reales. Borré cassette.

Entre tantas memorias, el sol nace en medio de las nubes y la lluvia. Estamos listos para volver a casa.

Tres meses después

Mi último post correspondía a fines de julio, días antes de mi partida a la ciudad de Recife. Desde aquel día, todo cambió.

La empresa de fotografía para la cual trabajaba decidió intercambiar de forma “estratégica” a dos de sus colaboradoras. Una de ellas, yo, debía dejar el estado de Ceará para mudarme a Pernambuco y trabajar en otro resort.

La verdad, estaba contenta de conocer otra ciudad de Brasil, pero al mismo tiempo sentía que ya había ganado amistades en Fortaleza, apenas me estaba acostumbrando y ya tenía que volver a hacer las maletas para partir…

El día 1 de agosto llegué a la ciudad de Recife. Esta vez no había nadie para recibirme y en la estación abordé un taxi hasta Porto de Galinhas por un monto de 160 reales (80 dólares).

El viaje a Porto me pareció eterno, esa mañana había tráfico, y yo moría de sueño. Solo quería llegar a la casa alquilada para los fotógrafos y dormir.

Durante los primeros días intenté adaptarme a la casa y al hotel donde prestábamos el servicio de fotografía. Si bien es cierto, los primeros dos meses viví con dos chicas, esta vez me tocó vivir con dos chicos. En esta primera etapa en Porto conocí a Douglas, fotógrafo de Sao Paulo y a nuestro coordinador.

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Primera casa en Porto de Galinhas.

Los primeros días intenté adaptarme al esquema de trabajo de este equipo. Lamentablemente, la escasa ocupación del hotel a inicios de agosto y algunos excesos por parte de los dueños de la empresa adelantaron mi salida.

La decisión fue sumamente dificil. Imaginen por un segundo estar en una ciudad extraña, sin amigos ni familiares, sin empleo a la vista y con su equipo fotográfico en mantenimiento…

Pero bien dicen que todo sucede por algo y que las aguas alcanzan su nivel. Durante mis primeros días de estadía Douglas me presentó a un par de amigos de origen argentino. Una pareja joven de fotógrafos que había montado un photoshop en un hotel cercano a nuestra casa.

De pronto, estando en un país lusoparlante, conocer personas que hablen tu misma lengua ya es un punto en común y motivo de reuniones y conversas. Fede y Agus se convirtieron en mis buenos amigos. Luego de mi renuncia ellos me ofrecieron hospedaje en su casa y finalmente me ayudaron empleándome como parte de Nossa Fotografía, todo eso mientras yo resolvía si quedarme en Brasil o volver a Perú.

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Agus
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Fede

A finales de agosto, después de varias semanas de reflexión,  decidí quedarme en Pernambuco para continuar mi aventura en Brasil.

Agus y yo de paseo en Pipa
Agus y yo de paseo en Pipa

Hoy escribo desde la pequeña casa que compartimos mi colega, Douglas y yo en el pueblo de Maracaípe. Exactamente 3 meses después del post anterior. Vivimos a unos metros de una playa hermosa. Mucho surf, arena, sol.

La vida diaria transcurre entre fotografías, marecilla, humedad, limpiacontactos, libros, revistas, algunas latas de cerveza y conversaciones triviales al anochecer. Están los amigos cercanos que nos acompañan, estamos nosotros. La convivencia tiene sus ratos rosa, sus ratos de tedio. Es aprendizaje tras aprendizaje.

Hoy vimos la lluvia y luego compartimos canciones de nuestra infancia. Escenas de un road movie ‘sudaca’ (a mucha honra): un paulista, un santacatarinense y una limeña en una sala, luz tenue y lavada por el humo del tabaco… es sábado a la noche.

“Desapego”

“Não sofra más por suas fotos. Siga com sua vida.” Nicole me anima sumergida en la piscina. Ambas bajo el sol del mediodía y con la cámara en las manos.

Ella habla de “desapegarme” de las fotos, de no sentir aquella angustia cuando el cliente no gusta de tu trabajo (y esto no implica que las fotos sean malas).

Camino, intento respirar y pensar en el desapego del que habla Nicole. Como photo trainee, espero que los clientes siempre queden satisfechos con mi trabajo, pero es algo que no siempre se logra por varios motivos. Por otro lado, hay una relación invisible entre el fotógrafo y sus fotos, pero no queda otra que “desapegarse” de ellas, si gustaron bien, si no, pues a hacerlo mejor en la siguiente sesión. Siempre hay otro segundo, otro instante aguardando a ser capturado y más vale no sufrir por ello.

Llego a la playa y siento que soy libre, que el desapego es necesario, que nuestras fotos se van, de cualquier forma se van. Serán compartidas, serán de otros en cualquier otro tiempo… todo muda, todo va.

“Tudo va embora! Tudos van embora!” (Todo se va, todos se van).

Así como uno no debe sufrir por los disparos que no hizo, ni por el instante que perdió (o que quedó fuera de foco, subexpuesto o mal encuadrado) tampoco por no gustarle a todos.

El desapego ayuda a evitar la fatiga de la decepción y a disfrutar del presente.

Amigos, novios, clientes, todos vienen, todos van… El beso de una noche puede durar algunos meses y luego toca partir, alistar las maletas, tomar el desayuno, hacer la despedida lo más breve posible. Una sonrisa. Otro beso. Ahí va el despegue.

Primer mes de aventuras

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Aquí en el nordeste de Brasil el viento sopla, silba, habla… ruge. Durante mis primeras mañanas me he dedicado a observar el cielo con detenimiento. Aquí hay colores, hay nubes, profundidad… luz.

La relación hombre -naturaleza es más intensa. Las fotógrafas nos levantamos pidiendo luz y calma para el día. Es como rezar para que llueva solo de noche y de esa forma entregarle al universo hasta tu último disparo.

“Sin luz no existe imagen, no existe foto.” Bajo esa premisa convivimos Lola, Nicole y yo. Las tres fotógrafas que compartimos el piso conocido como “A casa das meninas”.

La rutina de cada día es despertar, desayunar y partir al trabajo con una sonrisa.

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Las meninas trabajamos juntas en un resort de Cumbuco, a 20 minutos de casa. Allí transcurre nuestro día: Ocho horas dedicadas a retratar personas, a captar el momento más feliz de su viaje. Suena divertido, pero también es sacrificado.

Al cumplir el primer mes quisiera escribir sobre los primeros amigos, el primer moretón, el transporte, el habla portuguesa, el tiempo cearense, Lola, Nicole… en fin, muchas cosas para un solo post.

Por lo pronto ya tenemos historias y personajes nuevos asomando entrelíneas.

Beijos!