Tu familia en altamar

Una vez dentro del barco, la vida te cambia por muchos motivos. Uno de ellos es vivir aparte de tu familia y de tus amigos. Dejar la comodidad de lo conocido y enfrentar una temporada dedicada solo al trabajo y a las metas personales que te hayas trazado.

La mayoría de tripulantes viene a trabajar al crucero en busca de una recompensa salarial que les es imposible alcanzar en tierra firme.

Al llegar por primera vez, estás perdido. No sabes quién es quién, intentas ser amigable, pero con el tiempo aprendes que no pues confiar en todos los que te sonríen. El barco es un pueblo chico.

Como fotógrafo compartes tiempo y espacio con un equipo y, dependiendo de tu suerte, puedes construir amistades valiosas y sinceras.

Este año tuve la fortuna de encontrar amigos del contrato anterior. Gente que no pensé volver a ver, pero que al encontrarlos me llené de emoción.

Considerando que todos venimos de diferentes países, todos hablamos inglés para entendernos. Cada cual con sus miles de defectos y virtudes llega a ser un personaje en la vida del phototeam.

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Mi familia en altamar son ellos. Doce personas de nacionalidades y personalidades diferentes.

Está Rich (Sudáfrica. Vestido de gris en la esquina izquierda), nuestro manager principal, muy divertido y al mismo tiempo profesional. Es de los pocos BM que genera confianza.

Majo (India. Esquina izquierda de la tercera fila), nuestro supervisor de ventas. Personaje total, bromista, pero siempre enfocado en los negocios.

Brian (India. Boquiabierto en el centro de la foto), nuestro actual manager de producción. Divertido y relajado.

Dan (Filipinas. Esquina izquierda), fotógrafo de producción, asistente de Brian. En su primer contrato consiguió ser promovido dos veces gracias a su trabajo constante.

Eric (Filipinas. Lado derecho, detrás de mi), foto 2, muy loco y bromista. Nos pasabamos el tiempo haciendo chistes de doble sentido.

Janelyn (Filipinas. Primera fila, al lado de Rich), foto 3, la más pequeña del grupo y una de las más empeñosas.

Hans (Islas Mauricio. Junto a Brian en medio de la foto), foto 2, muy tranquilo y muy trabajador. Su primera experiencia al llegar a bordo fue permanecer en cuarentena por 10 días debido a una tardía varicela.

Rajiv (Islas Mauricio. Lado derecho, segunda fila), foto 2, personaje, casi siempre en problemas. Dueño de su propia empresa decidió dejar todo en casa para viajar y trabajar en un crucero.

Diego (Argentina. Detrás de Eric, en la última fila), foto 2, el distraído del grupo, aún no sabemos cómo es que llegó al barco.

Juliana (Argentina. A mi lado), foto 2, graciosa y temperamental, es una de las amigas más cercanas que tengo. Ama los animales, sobre todo los gatos.

Marko (Serbia. Junto a Diego, en la esquina derecha), videasta. Mi mejor compañero desde hace más de un año. Ama la fotografía de naturaleza y de bodas.

Para la mayor parte de los fotógrafos este es su primer contrato, por lo que volverán a casa a fines del 2015 o inicios del 2016.

Hogar dulce hogar

No todo es color de rosa para los fotógrafos. La vida en el barco es rutinaria y además muy competitiva.

Meses atrás, cada fotógrafo recibía una comisión personal por sus ventas, y esto ocasionaba algunos malentendidos en el equipo.

La barrera de lo personal y lo laboral es tan delgada que muchas veces se confunde. Muchos de nosotros compartimos la cabina o los baños y es muy incómodo lidiar con un compañero con el que has tenido incidentes en el trabajo.

Hay de los roomates tranquilos que solo buscan llegar a la cabina para descansar, hay de los que nunca están y de los que hacen fiesta en la cabina después del trabajo.

En el barco tienes el privilego de poder convivir. Si llevas una relación estable puedes hacer los trámites necesarios y compartir la cabina con tu pareja.

Marko y yo vivimos en un cuarto muy pequeño con una cama de media plaza que va pegada a la pared y un minibaño en el que el inodoro está junto a la ducha.

Aunque la vida en el barco no es perfecta, tener una familia a bordo hace la vida más llevadera. Me gusta pensar que por alguna razón, llegamos a un espacio en un tiempo determinado para conocer a otros, para conocernos a nosotros mismos, a través del otro.

In a road movie (Episodio 1: Amanecer)

In a road movie

Llevamos días de paz en casa. Hoy estamos frente al mar y vemos nacer el sol. Son las 5:00 a.m. del 30 de octubre.

Denys, Douglas y yo nunca imaginamos estar en Pernambuco mirando el amanecer. Será que nuestras travesías comenzaron en lugares totalmente distintos y, de momento, hemos coincidido en un punto de los millones de puntos que conforman el universo.

Apenas llevamos 30 días de conocernos y ya compartimos la mesa, el trabajo, la fiesta. La tensión de los primeros días tras la mudanza ha desaparecido.

Hay una gallina y una flor amarillas pintadas en casa, recuerdos de una noche. Hay  botellas de cerveza, frutas, mandalas y una TV que rara vez encendemos.

Frente al mar, reímos acordándonos de las noches pasadas. Me cuentan, cosas que no logro recordar, gracias a las pingas de cachaça de 3 reales. Borré cassette.

Entre tantas memorias, el sol nace en medio de las nubes y la lluvia. Estamos listos para volver a casa.

Capítulo 1: La partida.

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Esta fotografía la capturé a fines de marzo. Cuando la tomé me sentía perdida, estaba en Lima, pero perdida en mi propia ciudad. Hace muchos años caminaba con la sensación de estar desconectada de mi lugar y pensaba que era culpa de Lima.

Con los años, experimenté una especie de “giro” que hizo que me enamorara de este gris, del olor, del sabor, del color de las calles.

Vivir en una ciudad con 9 millones de habitantes es complejo, pero conozco mucha gente que vive en una ciudad y la desconoce por completo. Yo me siento feliz de haber encontrado pequeños “paraísos” en la mayoría de distritos de la capital.

Durante estos últimos años, para ser precisos desde inicios de 2011 hasta la fecha, me he mudado un aproximado de 8 u 9 veces. He vivido sola, convivido y compartido pisos con algunos amigos. Quizás, por esa sensación de ‘nomadeo’, de inestabilidad absoluta y andar cargando trastres cada dos por tres, es que decidí llamar a este blog como Diario Gitano.

Con más razón, ahora que parto de Lima a Sao Paulo. Me voy, pero la sensación respecto a Lima ha cambiado con los años. Siento que dejo un pedazo de tierra, que me ha sido difícil de amar y comprender (y a veces aún me pasa), pero me siento parte de ella, de su locura, de su gente, de su tráfico intenso y brutal…

Imposible no pensar en la familia y en los amigos. Falta poco para mi embarque y mi mente proyecta breves ráfagas de imágenes de los últimos meses. Están las cenas con los amigos, las reuniones familiares, los dientes de leche de mi sobrino, el nuevo color de pelo, la depresión, los libros nuevos, los ideales de ayer hoy y siempre, las frustraciones, los sueños, los bailes, las madrugadas, las lecturas feministas, las reuniones del festival de cine, la comida de mamá, los encuentros, los desencuentros, tú, yo, nosotros, el beso de despedida en la estación central.

Hasta pronto Lima 🙂

—>Si estás de venida: En Lima están pasando muchas cosas: hay gente moviendo el tema de cultura comunitaria, teatros en las calles, festivales de danza, talleres de cine, cine itinerante, músicos emprendedores buscando espacio (con ayuda y sin ayuda de las grandes industrias), promoción del consumo responsable de productos orgánicos, redes de periodistas, colectivos fotográficos…

Siempre hay algo que hacer y por colaborar  o desarrollar. A los que quieran venir, pues tienen una ciudad compleja, pero emocionante. Les recomendaría estar abiertos a nuevas formas de vivir su estadía saliéndose de lo que está establecido como “turístico”. Lima no es un cliché, no es un bar y cuatro calles.