Familia, familia…

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Como viajera colecciono historias, músicas, fotografías, postales, sellos, monedas… pero de entre todas aquellas cosas, nunca imaginé que aparte de amigos, hallaría una familia.

Una mañana a principios de octubre de 2013, estaba caminando por la playa pensado a quién fotografiar. Di unos pasos para entrar al mar y vi a una niña jugando con su padre. Este  hombre, llamado Túlio, de talla mediana con tatuajes y piercings, aceptó que lo retratara junto a su pequeña, Julia.

Después de algunos clics, el diálogo fluyó con tanta naturalidad que poco después, él me presentó a su esposa, Walquiria.

Desde aquel día compartimos anécdotas, chats, películas… y antes de que partieran de Porto de Galinhas realicé una sesión de fotos de la familia.

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Familia Rocha en Porto de Galinhas.

A la distancia, conversábamos sobre nuestros días y lo mucho que habían gustado de las fotografías.

Veo en ellos un gusto peculiar que me hace recordar a lo que Susan Sontag menciona sobre la nostalgia y la memoria, sobre las fotografías en general. Para el común de los mortales las fotografías son un rito y existen personas que gustan muchísimo de ser fotografiadas y de observar fotografías.

Fue por Tulio y Walquiria que llegué a la impresionante Brasilia, la ciudad es una especie de lar futurista en el corazón de Brasil.

Ambos son una pareja joven, quizás tengamos poco más de una década de diferencia, y su espíritu  es totalmente vital.

Es increíble cómo puedes tener esa sensación de estar en casa y en familia, con seres humanos que nunca viste antes en la vida.

Para ser sinceros, hay un cierto parecido físico entre Walquiria, la pequena Julia y yo, además de que somos tres mujeres en generaciones distintas con gustos y perspectivas de vida similares.

Desde mi llegada hace poco más de un mes, los Rocha me trataron como a una hija y amiga.

Somos nosotros mismos todo el tiempo. Es el sonido de Iron Maiden (o Black Sabbath) en el auto de Túlio. Es Walquiria una madre linda, sensible e inteligente. Es Julia una nena de 8 años con la mente de una mujercita de 15, fan de Demi Lovato y las trufas de chocolate. Sin olvidar a Nicole, que por un ataque de garrapatas fue rasurada y luce con un aspecto algo vanguardista.

Tu ve suerte de encontrarlos. El fin del 2013 y comienzo del 2014 es una especie de encuentro continuo. Todo está empezando.

In a road movie (Episodio 3: La despedida)

Vida gitana, aquí estamos empacando de nuevo. Acabamos de despertar.

Son casi las 5 de la manana y logramos dormir sin esfuerzo, de puro cansancio y placer de estar juntos.

Estoy nerviosa, no sé lo que me espera en la capital. Intento imaginarme  Brasilia como la ciudad de Los Supersónicos, bromeo conmigo misma, tengo miedo.

El sol resplandece sobre nosotros. Me despido de Douglas y Denys, mis compañeros de piso, mis amigos y mis hermanos. Los abrazo y espero tener la suerte de encontrarlos pronto.

Mientras te peinas, decido tomarme una foto con Machu Picchu. Lo abrazo, le digo que lo quiero. Estamos listos.

Junto a Machu Picchu

Abordamos el taxi hasta la primera parada del bus. Miro el cielo, te miro, nos besamos. Cierro los ojos y veo ese color rojizo de la luz a través de los párpados y las sombras de los coqueros se disuelven, el olor del mar, tu perfume, la arena…

Estamos de la mano dentro del bus. En silencio, cerramos los ojos para intentar dormir. Pero intentar dormir es igual a abrir la puerta por donde entran los recuerdos.

Se apagan las luces y comienza la proyección del filme. Nos veo riendo en la orilla de la playa. Vamos caminando hasta el puntal de Maracaípe con una botella de vino en las manos.

Conversamos, reímos, el mar corre hacia nosotros… el cielo iluminado por miles de estrellas, el puntal hermoso y desierto. Solo las sombras del follaje se dibujan por encima de las  dunas y el mar.

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Puntal de Maracaípe

Río y mar se encuentran, desnudos observan las estrellas fugaces, hacen el amor, piden deseos.

Aunque en ninguna película perfecta podría faltar un testigo: un pescador solitario estaba cerca alumbrando su camino con una literna. Interrumpidos, mar y río maldicen al hombre que, asustado, acelera el paso en dirección contraria. Se aleja hasta perderse del otro lado de la orilla.

Nadamos. Pedimos más deseos, formamos constelaciones.

La voz del cobrador del bus nos despierta. Estamos llegando y es hora de despedirse. Quise darte algo y se me ocurrió dibujarte un boleto de avión. Miras el destino y la fecha. Sonreímos. Nos besamos. Te pierdo camino al aeropuerto. Esta vez debo continuar mi viaje.

Tres meses después

Mi último post correspondía a fines de julio, días antes de mi partida a la ciudad de Recife. Desde aquel día, todo cambió.

La empresa de fotografía para la cual trabajaba decidió intercambiar de forma “estratégica” a dos de sus colaboradoras. Una de ellas, yo, debía dejar el estado de Ceará para mudarme a Pernambuco y trabajar en otro resort.

La verdad, estaba contenta de conocer otra ciudad de Brasil, pero al mismo tiempo sentía que ya había ganado amistades en Fortaleza, apenas me estaba acostumbrando y ya tenía que volver a hacer las maletas para partir…

El día 1 de agosto llegué a la ciudad de Recife. Esta vez no había nadie para recibirme y en la estación abordé un taxi hasta Porto de Galinhas por un monto de 160 reales (80 dólares).

El viaje a Porto me pareció eterno, esa mañana había tráfico, y yo moría de sueño. Solo quería llegar a la casa alquilada para los fotógrafos y dormir.

Durante los primeros días intenté adaptarme a la casa y al hotel donde prestábamos el servicio de fotografía. Si bien es cierto, los primeros dos meses viví con dos chicas, esta vez me tocó vivir con dos chicos. En esta primera etapa en Porto conocí a Douglas, fotógrafo de Sao Paulo y a nuestro coordinador.

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Primera casa en Porto de Galinhas.

Los primeros días intenté adaptarme al esquema de trabajo de este equipo. Lamentablemente, la escasa ocupación del hotel a inicios de agosto y algunos excesos por parte de los dueños de la empresa adelantaron mi salida.

La decisión fue sumamente dificil. Imaginen por un segundo estar en una ciudad extraña, sin amigos ni familiares, sin empleo a la vista y con su equipo fotográfico en mantenimiento…

Pero bien dicen que todo sucede por algo y que las aguas alcanzan su nivel. Durante mis primeros días de estadía Douglas me presentó a un par de amigos de origen argentino. Una pareja joven de fotógrafos que había montado un photoshop en un hotel cercano a nuestra casa.

De pronto, estando en un país lusoparlante, conocer personas que hablen tu misma lengua ya es un punto en común y motivo de reuniones y conversas. Fede y Agus se convirtieron en mis buenos amigos. Luego de mi renuncia ellos me ofrecieron hospedaje en su casa y finalmente me ayudaron empleándome como parte de Nossa Fotografía, todo eso mientras yo resolvía si quedarme en Brasil o volver a Perú.

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Agus
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Fede

A finales de agosto, después de varias semanas de reflexión,  decidí quedarme en Pernambuco para continuar mi aventura en Brasil.

Agus y yo de paseo en Pipa
Agus y yo de paseo en Pipa

Hoy escribo desde la pequeña casa que compartimos mi colega, Douglas y yo en el pueblo de Maracaípe. Exactamente 3 meses después del post anterior. Vivimos a unos metros de una playa hermosa. Mucho surf, arena, sol.

La vida diaria transcurre entre fotografías, marecilla, humedad, limpiacontactos, libros, revistas, algunas latas de cerveza y conversaciones triviales al anochecer. Están los amigos cercanos que nos acompañan, estamos nosotros. La convivencia tiene sus ratos rosa, sus ratos de tedio. Es aprendizaje tras aprendizaje.

Hoy vimos la lluvia y luego compartimos canciones de nuestra infancia. Escenas de un road movie ‘sudaca’ (a mucha honra): un paulista, un santacatarinense y una limeña en una sala, luz tenue y lavada por el humo del tabaco… es sábado a la noche.

“Desapego”

“Não sofra más por suas fotos. Siga com sua vida.” Nicole me anima sumergida en la piscina. Ambas bajo el sol del mediodía y con la cámara en las manos.

Ella habla de “desapegarme” de las fotos, de no sentir aquella angustia cuando el cliente no gusta de tu trabajo (y esto no implica que las fotos sean malas).

Camino, intento respirar y pensar en el desapego del que habla Nicole. Como photo trainee, espero que los clientes siempre queden satisfechos con mi trabajo, pero es algo que no siempre se logra por varios motivos. Por otro lado, hay una relación invisible entre el fotógrafo y sus fotos, pero no queda otra que “desapegarse” de ellas, si gustaron bien, si no, pues a hacerlo mejor en la siguiente sesión. Siempre hay otro segundo, otro instante aguardando a ser capturado y más vale no sufrir por ello.

Llego a la playa y siento que soy libre, que el desapego es necesario, que nuestras fotos se van, de cualquier forma se van. Serán compartidas, serán de otros en cualquier otro tiempo… todo muda, todo va.

“Tudo va embora! Tudos van embora!” (Todo se va, todos se van).

Así como uno no debe sufrir por los disparos que no hizo, ni por el instante que perdió (o que quedó fuera de foco, subexpuesto o mal encuadrado) tampoco por no gustarle a todos.

El desapego ayuda a evitar la fatiga de la decepción y a disfrutar del presente.

Amigos, novios, clientes, todos vienen, todos van… El beso de una noche puede durar algunos meses y luego toca partir, alistar las maletas, tomar el desayuno, hacer la despedida lo más breve posible. Una sonrisa. Otro beso. Ahí va el despegue.

Primer mes de aventuras

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Aquí en el nordeste de Brasil el viento sopla, silba, habla… ruge. Durante mis primeras mañanas me he dedicado a observar el cielo con detenimiento. Aquí hay colores, hay nubes, profundidad… luz.

La relación hombre -naturaleza es más intensa. Las fotógrafas nos levantamos pidiendo luz y calma para el día. Es como rezar para que llueva solo de noche y de esa forma entregarle al universo hasta tu último disparo.

“Sin luz no existe imagen, no existe foto.” Bajo esa premisa convivimos Lola, Nicole y yo. Las tres fotógrafas que compartimos el piso conocido como “A casa das meninas”.

La rutina de cada día es despertar, desayunar y partir al trabajo con una sonrisa.

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Las meninas trabajamos juntas en un resort de Cumbuco, a 20 minutos de casa. Allí transcurre nuestro día: Ocho horas dedicadas a retratar personas, a captar el momento más feliz de su viaje. Suena divertido, pero también es sacrificado.

Al cumplir el primer mes quisiera escribir sobre los primeros amigos, el primer moretón, el transporte, el habla portuguesa, el tiempo cearense, Lola, Nicole… en fin, muchas cosas para un solo post.

Por lo pronto ya tenemos historias y personajes nuevos asomando entrelíneas.

Beijos!

¿Por qué la fotografía?

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He pensado muchas veces en escribir este post. No sabía  cómo responderme a mí misma qué es lo que me hizo cambiar  de rumbo. ¿Por qué dejé el video y mudé a la fotografía? ¿Por qué dejar la escena en movimiento y detenerme a la acción presentada en cuadros fijos?

Recuerdo un corto que habla sobre el amor de Anna Karina y Godard. En este cortometraje se habla de Los Campos Eliseos que aparecen como locación en la película A bout de souflé, en una de la escenas Jean Serberg y Jean Paul Belmondo aparecen caminando y detrás de ellos todo el movimiento de la calle, la acción es en Los Campos Eliseos, es Godard en sus inicios, la edad temprana de una leyenda.

Con los años y casi al finalizar su relación con Anna Karina, vuelven a aparecer Los Campos Eliseos, pero no como una locación en acción, sino como un cuadro fijo detrás de Naná en “Vivir su vida”. La imagen en movimiento ha sido sustituida por una imagen fija, con el paso de los años la intensidad de la acción mutó a lo estático. El paso de “La imagen viva y la imagen muerta”.

No me explico en qué momento ocurrió, pero me enamoré de la imagen fija. Hay algo detrás de ella sumamente emocional e instintivo que debo reconocer. Me enamoré de ella a través de los ojos de un joven fotoperiodista. A partir del fotoperiodismo descubrí que la imagen fija, inerte y pasiva como podría  calificarse es un medio de expresión sumamente potente. Crispa, denuncia, idealiza…

Cuando me sentaba en la oficina a recibir las fotografías, me sorprendía de la mirada ajena. Yo llevaba siempre una videocámara y él su equipo fotográfico. Éramos dos en  un mismo lugar y acontecimiento, sin embargo,  teníamos dos miradas diferentes y complementarias.

Entonces creo que me convertí en una especie de voyeur de fotografías, las observaba y guardaba algunas para mí. Creo que en algún momento coleccionaba pdf’s con mis fotos favoritas. La mayoría de retratos y fotoperiodismo.

Mi enamoramiento fue progresivo. Pasé de la colección de pdf’s y hojas de periódicos a intentar practicar por mi cuenta con una camarita compacta. La mayoría de veces optaba por autorretratarme para evitarme la fatiga de pedirle a alguien que sea mi modelo, sobre todo porque normalmente hacía las fotos durante la madrugada.

La fotografía dejó de ser un pasatiempo en cuanto recobré mi vida propia. Hace 8 meses tomé una decisión que me cambió la vida por completo y decidí tener las agallas para hacerme cargo de una vida nueva, una vida que me gustara, que amara completamente.

De pronto tenía una cámara en mis manos y sentí muchas ganas de experimentar, como si con cada disparo hubiera deseado acabar con mi vieja vida…

Pasaron los meses, había tomado un breve taller de foto y en mis días libres había logrado hacer un minibook que me ayudó a conseguir un puesto como Photo Trainee, una especie de fotógrafa amateur aquí en Brasil.

No hay día que pase sin echar una sola fotografía, sin intentar ver en la realidad aquella imagen latente esperando a ser capturada. Es una especie de locura que te hace estar pendiente de algún fragmento de segundo para lograr lo que anhelas.

Sin imaginarlo, he llegado al punto en el que mis sueños  están en una cajita oscura esperando el “instante decisivo”.